camino hacia la transformación
Puede que al llegar, los cambios nos den miedo.
Vuestro viaje empezó hace apenas unas semanas.
Os vi nacer, cuando regresé a casa. Al principio me costó descubriros entre el ramaje. Según pasaban los días, aprendí a diferenciaros e inventé nombres que ahora van pegados a vuestras alas, diseñadas sobre los tejados de enfrente.
La cuna ha quedado aquí. Aunque ahora está vacía, sigo observándola a diario. Quizá echo de menos vuestros picotazos, la torpeza de vuestro primer aleteo, las caídas que os dejaban atrapadas entre las gárgolas de la catedral.
Al mismo tiempo, pienso en todas las cosas que estaréis descubriendo, lejos del lugar que os atrapaba por costumbre, y eso me calma.
No puedo negar que los primeros días sin vuestra presencia fueron raros. Por la mañana, era inevitable abrir la ventana y buscar esas formas inconfundibles. Durante los instantes de tranquilidad, volvía a mirar hacia las chimeneas. Desde la calle, mi añoranza insistía en hallaros. Y al atardecer, sentía que faltaban aquelllas siluetas para completar la puesta de sol.
Pero al igual que la rutina o la incomodidad os hizo abandonar el nido, mis hábitos cambiaron. Ya no tengo necesidad de atender a cada uno de vuestros movimientos. Sólo en ocasiones, pienso que, alomejor, recordáis mi entusiasmo cada vez que me sorprendía un hecho imprevisto.
El tiempo pasa y cada día es diferente. Los sentimientos varían y se adaptan a las circunstancias. Eso sí, siguen para ello el camino que más les conviene.
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Pasará el tiempo y el nido volverá a estar ocupado, volverás a ver crecer nuevos habitantes, y lo único bueno del calentamiento global es que cada vez son más los ejemplares que deciden no emigrar y se quedan con nosotros encontrando en la rutina las necesidades que desean.