El secreto de la vainilla

colores de Mérida

Un año disfrutando de ellos.

Algo que me gusta hacer cuando llego a una ciudad extraña es pasear por sus calles, ir descubriendo poco a poco algo nuevo y dejar lugares sin recorrer, por si tengo que irme pronto, obligarme a volver para buscarlos, para saber qué había por allí.

En Mérida me está pasando lo mismo. Hay piedras romanas a las que mis pasos todavía no se han acercado a propósito, por si un día debo marchar. Pero, hay espacios que se han convertido en imprescindibles: su isla y sus innumerables jardines.

Me han maravillado desde el primer momento y me sorprenden cada vez que cambia la estación. Se transforman, tienen vida, alegran la mía.

Hace unos días conocí a algunos de los responsables de tanta grandeza vegetal. Personas con discapacidad que miman a diario cada detalle para que una simple isleta dé color a una avenida. Antonio me contaba que para él, el cuidado de las plantas, va mucho más allá. Su mirada, aunque en ocasiones no muy afinada, puede llegar donde otros ojos no alcanzan. No se queda sólo con la belleza externa. Si su retina no se lo permite, conoce el estado de ánimo de un pétalo por su reacción ante una caricia.

Les admiraba mucho antes de conocerles.

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19 marzo 2009 - Posted by | de la vida cotidiana

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