El secreto de la vainilla

noche de tormenta

Tenía los ojos cerrados y aún así me he dado cuenta. La claridad de un relámpago ha interrumpido mi sueño, dos segundos después un ruido detonante  me ha hecho saltar de la cama. La oscuridad de la noche podía encontrarme luego refugiada bajo un edredón que me está protegiendo del frío durante este largo invierno.

No me gustan las tormentas, ya lo he dicho en alguna ocasión. Pero ésta me ha hecho envolverme y rememorar instantes que, por diversas causas, nunca reviso.

Y ahí estaba, de repente, con unos cuantos años menos. Volvía a ser una niña, llena de placidez, que disfrutaba de esas palabras que acarician y le restan importancia a todos los problemas. He sentido esa mano cálida que me aseguraba que todo iría bien.

Aún con el susto que me ha causado el trueno, me ha venido ese olor a brasero de picón. Ese aroma que desprenden las calles del pueblo y que me da tranquilidad cuando recorro sus rincones solitarios en esta época del año.

He dibujado de memoria el espacio de mi habitación, en Plasencia. He buscado en la penumbra de mi lugar imaginario a nuestro “tigre” y le he dado un abrazo fuerte que me ha recordado tu calor, después de cinco años. También he hallado protección en tu brazo rodeando mi cuerpo, acercándome a tí.

Una noche de ensoñación que perdura mientras compruebo, a través de la ventana, que las predicciones meteorológicas aciertan un día más. Sigue lloviendo.

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23 febrero 2010 - Posted by | mis cosas

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