El secreto de la vainilla

aquello en lo que quiero seguir creyendo

No me vengas con cuentos. Sé que cada día escribo para alguien, que relato historias para muchos, que, “en los tiempos que corren”, tengo suerte de poder trabajar. Pero, no me basta.

El Periodismo en el que yo creo es aquel que me satisface a cada palabra, a cada gesto, a cada intencionalidad y su correspondencia.

Ya no me vale el tinte rosa que le queremos poner a la vida de quien no la tiene así. Quiero narrar mi impresión de lo que veo. Necesito sentir la tranquilidad de saber que te muestro la realidad como es, aunque a veces no existan capacidades, ni integración, ni ganas de superarse.

Los días se resumen por la noche, cuando duermes y sueñas. Hoy anhelo la verdad, mi verdad, esa de la que quiero hacerte partícipe.

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17 noviembre 2010 - Posted by | de la vida cotidiana

2 comentarios »

  1. Había una vez un músico. Era un auténtico virtuoso. Sus dedos se deslizaban por cualquier instrumento, ya fuera un piano, una guitarra o un saxofón, con deliciosa maestría. De sus manos, sus pulmones, e incluso su voz, salían excepcionales melodías con las que todo el mundo disfrutaba.

    Un día soñó que quería ser un grillo. Armonizar las tardes de verano, las noches estivales de un pueblo en la sierra, el caminar enamorado de una pareja en los berrocales. Con fuerza batía sus alas para conseguir aquella melodía que se convirtió en banda sonora de cien historias de amor, de puestas de sol irrepetibles, de mil dibujos en un cielo estrellado en los que escribir el nombre de las ilusiones.

    Pero se cansó de ser grillo. Se dio cuenta de que sus alas estaban limitadas a dos notas monótonas y rutinarias. A una cadencia reiterativa de sonidos que se repetían constantemente. Sabía que su don para la música multiplicaba aquellas notas por mil, por cien mil, que tenía capacidad para componer cientos de melodías mejores que aquella redundante serenata. Y dejó de ser grillo. Volvió a su estudio y grabó su mejor composición, una sinfonía bañada en aquellos campos en los que había cantado cada atardecer. Una melodía inigualable que contaba aquellas historias de amor.

    Emocionado mostró a todo el mundo su arte y aquellos que habían soñado con sus cánticos mientras era grillo encontraron en aquellas composiciones el aroma de tiempos felices, el recuerdo de aquellos paseos vespertinos. Pero añoraron el cántico rutinario y cadencial de aquel pequeño insecto que les había enamorado, que les había acompañado cada tarde.

    A veces sentimos que nuestra melodía se repite, que hemos llegado a una rutina insoportable que se reitera constantemente y aguijonea nuestra cabeza, sin darnos cuenta de que esa melodía es la canción de cuna de un niño, la sintonía de una relación o el himno de una amistad.

    Sabemos que en nuestras manos está el virtuosismo de mejores composiciones, la capacidad por ejecutar una sinfonía perfecta, pero tenemos que ser conscientes de que esa sinfonía beberá de las melodías anteriores y, la historia que cuente, será el reflejo de todas las que ya hayamos cantado.

    Mientras tanto no olvidemos que sigue habiendo parejas que se enamoran con nuestro canto, niños que se duermen con nuestra canción y tardes a las que da calor y color nuestra melodía.

    Comentario por Juan Carlos | 18 noviembre 2010 | Responder

  2. Cuando lo consigas, dime cómo lo has hecho… 🙂

    Comentario por LosViajesQueNoHice | 29 noviembre 2010 | Responder


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