El secreto de la vainilla

desafío

Las tormentas continúan. Un día tras otro. Una tarde más después de la anterior. Dejan cerezas enterradas en el barro, rotas por fuera y por dentro, convirtiéndolas en un fruto inservible. Nadie quiere algo que presenta un aspecto inesperado.

Pero no sólo las cerezas sufren las consecuencias de rayos y relámpagos acompañados de unos granizos, que caen como si tuvieran una furia retenida.

Las tormentas han hecho que el cielo se tiña de un negro poco característico en esta época del año. Trae consigo reacciones insospechadas.  De repente, no gusta lo que era adorado hasta la saciedad. De pronto, se buscan fallos a cualquier hecho. Sin cita previa,  se irrumpen sueños, que quedan desamparados.

Al igual que los gusanos aprovechan la circunstancia y disfrutan de un banquete obsequiado por el mal tiempo, los fantasmas gozan por estar, una vez más, debajo de la cama… Y allí se apoderan de todo, a su antojo.

Algo debe parar todo ese estruendo que no trae más que tristeza. Si las tormentas van a existir siempre, habrá que soportarlas como vengan y hacer frente a sus secuelas con brío.

De momento, hoy he comido varias cerezas rotas por el pedrisco que cayó ayer. Su sabor era el más dulce y persistente que he probado nunca.

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27 mayo 2011 - Posted by | mis cosas

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