El secreto de la vainilla

la vida con cuatro sentidos

Carmen apaga el ordenador. Coge su abrigo y, con mucho cuidado, sale de la oficina. Al dejar el ascensor, su perro la espera. Fajana es su fiel acompañante. La gran ciudad, a oscuras, no le da demasiada confianza.

Goyo, su marido, ya está en casa. Con mucho mimo ha preparado la comida. Juntos, comparten confidencias.

–  Hoy, estás especialmente guapa.

–  Gracias. Necesitaba escuchar algo así.

Carmen lleva unos días con una idea en la cabeza. Hoy ha decidido contársela a Goyo:

–  Ya no me gusta este sitio. Me apetece cambiar. Dejar los agobios, los horarios, los calendarios que pasan sus hojas a toda velocidad.

 

Estas palabras no sorprendieron a Goyo. Por su cabeza rondaba la misma idea. Siempre habían estado de acuerdo en cuestiones importantes.

A partir de ese momento, todo sucedió muy rápido. Carmen y Goyo buscaron algo que les permitiera estar juntos más tiempo y disfrutar de esos instantes tan suyos. Se acercaba el invierno, y deseaban tener un aire nuevo al despertarse, sentir los rayos del sol desde otra parte, saborear el frío al calor de una chimenea, conocer un nuevo paisaje con todos los sentidos a su alcance.

Encontraron ese lugar. Para ellos existe.

Está en el norte extremeño. Un rinconcito en La Vera, donde, además de conseguir todos sus anhelos, han encontrado una forma de completar sus quehaceres diarios.

Recién llegados, esbozaron su casa. Dibujaron todas las estancias a su antojo, amplias, sin obstáculos. La ubicación, un punto en lo más alto; con un acceso fácil de recordar. Un sitio libre de las cosas que sobran.

Han pasado los años y, ahora, Carmen y Goyo tienen un mundo apartado del nuestro. Un mundo que comparten con los demás.

Su satisfacción ha provocado una gran generosidad. En la casa hay habitaciones suficientes para alojar a todo el que quiera desaparecer de la cotidianidad. El entorno, tal y como imaginaron, está lleno de vegetación; montes, que van cambiando su tonalidad dependiendo de la estación; olores distintos a cada rato; sabores de frutos de temporada; y, unas vistas que llegan más allá de su alcance.

Sus días están repletos de tareas, pero ellos marcan el ritmo. Juntos vencen a los impedimentos que se encuentran, aunque cada vez son menos.

Goyo arregla lo que se rompe con sus manos, que también son sus ojos. Carmen hace uso de su esmerada delicadeza para cuidar de cada detalle, para que nada falle.

No entienden de imposibles. Han luchado por todo lo que han querido. Sus esfuerzos se han convertido en certezas.

Para ellos avanzar no es estar al día de las nuevas tecnologías. El progreso es, para Goyo y Carmen, vivir tal y como lo hacían nuestros abuelos. Los días en Jaraíz de la Vera son tranquilos, lo que no significa que no tengan cosas que hacer. Las ocupaciones aparecen cuando menos lo esperan y las realizan con entrega. Del mismo modo en el que lo han hecho siempre.

Han aprendido a tener justo lo que necesitan para sentirse afortunados. Entre sus pertenencias no hay ningún tipo de lujo. Una forma de vida que han contagiado a sus cuatro hijos. Se han adaptado con naturalidad a la localidad y a las costumbres de sus vecinos. Parece que han estado ahí desde que nacieron. Conocen las calles y la vista no es un requisito para ello.

Carmen y Goyo tienen una discapacidad visual desde niños. Algo que no ha entorpecido sus caminos.

Hoy les he conocido, mientras ultimaban los preparativos para dejar su casa lista para los inquilinos que llegarán horas más tarde. Cuando lleguen, encontrarán algo más que una casa rural. Descubrirán un hogar.

En la cara de este matrimonio hay toda la luz que falta en sus ojos. Esos que miran y ven solamente lo que realmente precisan. Son felices y eso se nota.

Cuando me voy, los dejo hablando. Continúan esa charla que dejaron años atrás:

–  Hoy, estás más guapa que nunca.

 

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11 febrero 2013 Posted by | Uncategorized | 2 comentarios